He pasado la peor semana de mi vida. Además de estar enferma he hecho un montón de tonterías y me he puesto muchas veces en evidencia.
El martes Rodrigo hizo todo lo que tenía que hacer para que me sintiera mejor. Y yo sólo me sentía peor. Fue tan dulce como lo recordaba, fue tan amable que le pedí que volviera a vivir conmigo. Esto no fue lo peor porque también le dije cuanto lo extrañaba y cuanto lo quería. En realidad fue la fiebre la que hablaba por mi boca disfrazada de añoranzas. Creo que Rodrigo no le dio la mínima importancia, pero todavía no he podido llamarlo para darle las gracias y pedirle que me perdone por mi actitud.
Asique voy a prepararle dos litros de
batido de calabaza y se lo voy a hacer llegar al trabajo mañana.
Todo esto sólo ocurrió en unas horas, porque Ana vino enseguida para hacerle el relevo.
Cuando llegó le pedí que llamara a Adrián y le dijera que tenía muchas ganas de verlo y que viniera. Ella hizo como que lo llamaba y no le cogía el teléfono porque Rodrigo le contó todo lo que había dicho y le pidió que me cuidara para que no dijera más tonterías.
Total que como el jueves por la noche me encontraba bastante mejor, la cena semanal fue en mi casa porque todavía no me encontraba bien para salir.
María me regalo otra brújula, y desde luego que esta vez me hacia falta. Hablamos hasta altas horas de la mañana porque lo necesitaba y desde ese momento me he quedado sin palabras.
Desde el viernes por la mañana que se marcharon no he hablado con nadie. Me he metido en la cocina y he preparado toda clase de mermeladas, además de ajos confitados, aceites con especias, y mantequillas de sabores.
Adrián sabe que estoy enferma desde el principio, porque María se lo dijo. Y todavía no ha llamado, aunque no me importa mucho porque mis sentimientos se han quedado mudos.